Así, con una lección magistral de un genio sin estudios universitarios, se daba por cerrada la batalla que ha durado dos años. Han sido dos años cargados de emociones de todo tipo: alegrías, tristezas, malos rollos, también emociones fuertes que no han faltado.

Recuerdo el día que decidí subirme al barco, sin saber la ruta que tenía, simplemente sabía su destino si todo salía bien, cosa que en aquel momento dudaba bastante, pero era el único modo de regresar a casa.

No había pasado ni un mes, y me dí cuenta de que estaba atada de pies y manos en un barco de corsarios, aún así no me importó. Decidí arriesgar, luchar y tirar con todas mis fuerzas para impulsar la nave a puerto.

El capitán del barco al llegar me animó diciendome que el trayecto se acabaría enseguida. Me limité a decirle un 'Eso espero' por lo bajo. La verdad veía la travesía y se me hacía un mundo. No veía horizonte, ni tierra, ni llegar al puerto...

Hace 18 meses ya de aquello. Mi vida ha cambiado mucho como os he ido contando a lo largo de ellos. Empecé el viaje acompañada, y mi compañera se marchó a las primeras de cambio en el primer bote salvavidas.

Náufraga y a la deriva, pero con las ideas claras de querer llegar a puerto me han hecho aguantar estoicamente la travesía y hoy les estoy contando que acabo de llegar a puerto. Sólo falta el camino que separa el puerto de mi casa,que en principio debería de ser un agradable paseo en el que disfrute de los placeres de los que he sido privada durante el largo período de sacrificio.

Nos ha costado comprender que todos debíamos remar en la misma dirección, y cuando la enajenación transitoria causada por vivir rodeados de agua, temible angustia, ha hecho gritar a un marinero: 'Tierra a la vista', limamos nuestras diferencias para remar todos en la misma dirección. 17 meses después de conocernos, al final, hemos razonado juntos. Suerte en vuestros caminos... presumiblemente el mío ya está trazado.