Y los años pasan... pero hay cosas que permanecen intactas
Me había imaginado el regreso de mil formas diferentes, con mil compañias diferentes, pero tenía claro que si volvía a aquella tierra que ha sido testigo de mis primeros pasos, mis primeros pensamientos, ilusiones, sueños, amistades o amores entre otras cosas; sería con alguien que me diera las fuerzas necesarias para afrontar de nuevo pasear por aquellas calles abrigadas de casas familiares, pero con un vacío que no se podrá llenar nunca.
Hacía dos años que no pisaba por allí, la última vez fue a enterrar a mi tía, uno de los seres que ha sido más querido por mi, y desde entonces no me había sentido capaz de volver. Internamente me lo he reprochado durante estos dos años, pero necesitaba estar preparada, y si yo he vuelto tras dos años, lo que nunca me imaginé sería que mi madre siete años después volviera a aquel lugar para acompañarme.
Creo que si anoche alguien no pegó ojo fue ella, estaba inquieta, tras el divorcio era la primera vez que iba a volver a ese lugar que marcó su vida, pasando allí todos sus años después de casarse y viendo como mi hermano y yo dábamos los primeros, pasos, las primeras caídas y los primeros sustos por sus calles...
El autobús ha salido temprano, cada pueblo que pasábamos era un recuerdo. Uno en especial, famoso por el pan que hornea y donde mi madre vivió su primer año de casada. Nos estaban esperando al llegar a la parada y hemos ido al pueblo ubicado en una preciosa comarca entre Zamora y Galicia que recibe el nombre de Sanabria y que la próxima semana será noticia en todos los telediarios por el 50 aniversario de la trágica ruptura de la presa que asoló varios pueblos dejando cientos de víctimas sepultadas bajo las aguas de un aparentemente apacible lago que la noche del 9 de Enero de 1959 se tiñeron de rojo.
Al llegar he visto muchos vacíos, casas abandonadas, otras cerradas a la espera de sus habitantes que llegan en período estival a la búsqueda de temperaturas que se podrían considerar agradables dentro de lo frío del lugar.
Tras dejar los bultos iniciamos un paseo por las calles custodiadas por casas de piedra y pizarra. Tenía ganas de llegar al cementerio; hace 5 años jamás hubiera pensado que visitaría a mi tía en aquel lugar... tras llegar con un familiar que nos abrió las puertas, recorrimos los panteones de los escasos miembros del pueblo, viendo ramos de flores, centros , velas y varios tirados por todas partes y que nadie se molestaba en recoger, otras flores que tenían pinta de ser silvestres y llevar años sin que nadie las cambiara.
Al entrar la primera que saludé fue a mi abuela, después seguí la ruta saludando a algunas personillas que tuvieron su parte de significado en mi educación... quien me daba caramelos de menta siempre, quien me enseñó a doblar palos con la rodilla para echarlos al fuego, a quién veía todos los días sesteando a la sombra... Por fin llegué donde yacía mi tía, lo intenté pero no pude reprimir el llanto, creo que todavía no me lo creo, le dejé mi ramo que le prometí de pequeña que llevaría cuando se muriera y aunque mi fe está de capa caída hice lo que mi tía hubiera hecho, rezarle un par de oraciones.
El resto de la mañana de visita a la gente del pueblo, era increíble ver como los años no habían cambiado nada en ellos, y ver como se emocionaban al vernos.Uno de los momentos más emotivos ha sido ver a un hombre que siempre nos ha apreciado mucho bastante afectado por el parkinson, necesitaba ayuda para caminar, y no dejaba de llorar por volver a vernos.
Estabamos sentados en la lumbre y no dejaba de entrar gente a casa. Es un lugar donde las puertas sólo existen para no pasar frío porque cada casa es la casa del vecino, donde puedes volver 50 años atrás en las tradiciones arraigadas de sus gentes y en sus austeros y tranquilos modos de vida, que consisten básicamente en sentarse junto al fuego a la tertulia y a dar un garbeo. Sin tiendas, ni siquiera panaderías, sin consumismo, su máxima ambición es construirse un precioso hogar en el que pasar sus días. Viven de lo que siembran y de los animales que tienen y encuentran su peculiar forma de felicidad, al igual que su cantarín acento que milagrosamente he recuperado en un día tras tanto tiempo.
