Sucedió durante un partido de tenis en medio de la playa. Estábamos jugando y fui a guardar las pelotas en el bote. Ya había metido dos y quedaba la tercera, fiel a mi despiste habitual del que hago gala, vi que la tercera no entraba. Eché una ojeada al interior del bote y ví como había arena en su interior. Cuidadosamente, extraje la arena y la coloqué sobre el cubo de plástico vacío de un niño que estaba a mi lado. Metí las tres pelotas en mi bote y cogí la arena que había retirado anteriormente y la deposité cuidadosamente en el bote de las pelotas. Sorprendentemente entraba la misma cantidad de arena y las tres pelotas de tenis que anteriormente fui incapaz de meter.
Aquello fue una reflexión que me he venido aplicando a menudo. Las pelotas de tenis significan las cosas importantes; mi prioridad era que en el bote entraran ellas, y la arena es el resto de cosas que hay en la vida.
Esto es una vida de prioridades, si das pie a que algo tan minúsculo como un grano de arena se asocie con más, en tu vida le quitarán el espacio a las pelotas de tenis.
La vida es como un gran desierto de arena. Hay momentos en los que caminas sóla, otros en compañía, mejor o peor, pero compañía al fin y al cabo. Momentos en los que atracadores del desierto de asaltan, te pegan una paliza y te cuesta levantarte. Pero piensas, " eso es la vida, levantarse y volver a caer". En el desierto también te encuentras muchos espejismos, y a medida que andas más y más sufres más espejismos del cansancio, de la falta de fuerzas que acompaña a muchos momentos pero eres lo suficientemente experto como para discriminar los espejismos de la realidad, aunque a menudo los oasis de los espejismos tienen una curiosa y juguetona afición por nublarnos la mente.
Hace unos meses creo que descubrí gran parte de la esencia de vivir en el desierto. Yo caminaba por una senda ( sí,créanme, había una senda en medio del desierto) en esa senda, había agua, comida, compañía, y sonreía para mi interior pensando que si eso de verdad era lo duro que pintaban al desierto. Me imaginaba terminando de cruzar el desierto por esa senda de gloria, pese a que apenas acababa de empezar la travesía. Un día me desperté en medio de la noche, una tormenta de arena fue la causa, me entró arenilla en los ojos, y con dificultad seguí la senda que yo pensaba que me guiaría para siempre. Cuando logré retirar toda la arena de mis ojos, transcurrido un kilómetro me di cuenta de algo: No seguía una senda, sino un rastro dejado por una serpiente juguetona que había marcado camino. Nunca había seguido una senda y menos maravillosa, sino que eran mis pensamientos y mi estado los que habían hecho de un camino pedregoso y duro un precioso sendero. Me sentí perdida, vacía, Nietzsche dijo que el ser humano tras la muerte de Dios , se sentía sólo y perdido en el desierto de la historia. Yo ahí me sentí sóla y vacía en el desierto de la vida. Lloré, varios meses, quise eliminar toda la arenilla que no me dejaba ver y decidí seguir el rastro de aquella serpiente, me dí cuenta de que el camino estaba en realidad lleno de dunas, que yo no podia retirar, pero si quería seguir adelante debía de superarlas.
Me dí cuenta de algo, querer es poder, y si yo quería, podía contribuir a que esas dunas fueran menos numerosas, ¿cómo? pues muy sencillo, no haciendo montañas de pequeños granos de arena, disfrutar de la travesía por el desierto pese a sentir añoranzas de la época en la que caminaba por la senda, y llegar hasta el siguiente punto del camino, justamente hoy, donde se resolverá el 4º capítulo de la batalla de la que les hablé en un post. Sólo queda el 5º y presumiblemente en el 6º se conocerá el desenlace.

Un abrazo amigos.